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LA IMPORTANCIA DE LA FAMILIA EN EL ÁMBITO ESCOLAR

La educación es el proceso de transmisión y adquisición propia de conocimientos, normas, valores, ritos, conductas, tradiciones, etc., que se van desarrollando a lo largo de la vida de una persona y que constituye una parte importante de la actividad social. El conocimiento no está ya presente cuando nacemos, sino que cada individuo va aprendiendo a lo largo de la vida.

Si algo caracteriza a los niños es su inmadurez, cuando nacen no tienen las competencias necesarias para desarrollarse en el mundo social. Debido a esto, los adultos se preocupan de transmitirles los conocimientos, valores, normas, conductas, tradiciones etc., que tiene la sociedad en la que viven y se desarrollan. Este aprendizaje es largo y no se ofrece de manera inmediata, sino que va evolucionando según con las personas con las que interactúa y las instituciones de la sociedad en la que se sienta integrado.

La familia es el principal y primer medio de socialización son las personas con las que más tiempo pasa, donde se establecen las relaciones de mayor fortaleza y donde se siente más protegido y vinculado afectivamente. Por tanto, podemos considerar que es en el seno de la familia donde se empieza a desarrollar el proceso educativo. Dentro de este proceso, se encuentran, entre otros, las primeras pautas socializadoras, el principio de madurez, seguimiento de normas y reglas, el cuidado y la responsabilidad. Sin embargo, todo este proceso educativo actualmente se comparte con otras figuras sociales como son las instituciones escolares.

Cada vez más, hay una preferencia creciente de las familias a delegar sus funciones y responsabilidades en la escuela. En muchos contextos y situaciones, las escuelas tienen que hacerse cargo de, además de enseñar, educar a los niños debido a que en su hogar y en el seno de su familia no se les ofrece esa primordial socialización primaria. Es decir, la escuela acumula ambas funciones: enseña y educa.

Ambos ámbitos siguen siendo dos contextos de aprendizaje muy importantes para el desarrollo de cada persona y la formación de las futuras generaciones. Entre ambas tiene que existir un acuerdo de complementariedad, coherencia, continuidad y colaboración. Cuando no extraen objetivos comunes y afrontan el reto de educar por separado y sin comunicación, surgen serios problemas de aprendizaje. Es muy importante la relación y aplicación de contenidos y conocimientos entre la escuela y la familia, porque al vincular lo que se aprende fuera y dentro de la escuela con el día a día del niño, se interiorizan y comprenden mejor los conocimientos. Como bien expone Inmaculada Égido en su investigación sobre Las relaciones entre familia y escuela, “la colaboración con las familias y la inserción con la comunidad se tornan imprescindibles. Han de considerarse los diferentes roles y protagonismos, evitando generar conflictos en competencias y responsabilidades” (Égido, 2015: 8).

¿Cómo influye su contexto socio-familiar en su rendimiento escolar? ¿Cuál es el origen de algunos comportamientos y actuaciones de los niños en la escuela? ¿Qué consecuencias tienen para los niños que, hoy en día, no estén bien delineadas las fronteras entre una y otra?

Las relaciones entre la familia y la escuela tienen como fin la mejora de los procesos y los resultados educativos. Cuando los padres o familiares más cercanos colaboran activamente con la escuela para conseguir objetivos comunes, se comprueba que los logros académicos de sus hijos suelen ser mejores. Por tanto, es muy importante esta colaboración efectiva entre padres y escuela.

La base en la que se sustenta es que tanto la familia como la escuela deben unirse en la labor educativa. El principal objetivo de esta unión es que ambos ámbitos se conozcan y diseñen pautas para conseguir una colaboración productiva.

De todas formas, como expresa Egido (2015) “cualquier tipo de implicación paterna se asocia a un mejor comportamiento en la escuela, a mejores hábitos de estudio y a mayores niveles de autoestima y motivación hacia el aprendizaje”

En el libro de María José Rodrigo, Contexto y desarrollo social (1994), nos encontramos con cuatro estilos de educación: democrático, autoritario, permisivo e indiferente.

El estilo democrático destaca por unos padres que muestran afecto al niño, están atentos a sus necesidades y puntos de vista y, a la vez, combinan cierta firmeza a la hora de mantener los principios y normas. Los niños tienen libertad y las normas existentes tienen una justificación y un por qué para ellos. Los padres fomentan la independencia del niño, cooperación y respeto de las normas utilizando mucho el razonamiento y la reflexión sobre las consecuencias que para el niño o para los demás pueden tener ciertos comportamientos. En algunos momentos, estos padres utilizan la imposición. Los padres que apliquen un estilo democrático, harán que sus niños tengan seguridad en sí mismos y altos niveles de autoestima y autocontrol; saben cooperar y respetar a los demás, lo que causa unas buenas relaciones interpersonales; saben tomar decisiones por ellos mismos y colaborar en conflictos ya que tienen bien desarrollado el sentido de la responsabilidad y la madurez; y, además, suelen ser niños independientes pero cariñosos.

En el estilo autoritario lo predominante es la existencia de abundantes normas y la exigencia de una obediencia bastante estricta. Las normas raramente tienen una justificación ante el niño y no se tienen en cuenta sus puntos de vista o sus necesidades. La obediencia se obtiene a través de imposiciones y amenazas. Del niño se espera mucha más dependencia. Los padres esperan del niño obediencia y respeto. Crean en el niño una fuerte tendencia a obedecer y no saben tomar decisiones por ellos mismos, lo que crea personas inseguras, llenas de miedos y con poca iniciativa.

Algunas de las consecuencias de aplicar este estilo es que suelen ser conformistas, sin deseo de liderazgo y que aceptan la voluntad de los demás. Si no les ayudas y guías en lo que deben hacer, se sienten perdidos e inseguros. Son niños obedientes pero muestran altos niveles de dependencia. No suelen sentirse aceptados, tienen una autoestima baja y están demasiado pendientes de lo que piensan los demás.

Los padres permisivos se caracterizan por el afecto y el dejar hacer. Crean un ambiente en el que el niño se siente querido a la vez que obtiene muchas libertades de acción y expresión, existiendo muy pocas normas y pautas y, no cumpliendo las que ya existen. Los niños encuentran muy pocas exigencias a las que hacer frente y llevan una existencia relajada con escasos controles. El estilo permisivo crea en los niños un alto nivel de irresponsabilidad ya que no son capaces de tomar ninguna responsabilidad. Suelen ser inseguros, ya que cualquier acto que hagan suele valer y, no tienen la seguridad de saber qué hacen bien y qué mal. Su autoestima suele ser baja ya que todo lo que hagan estará bien y cuando hacen algo por sí mismos, atribuyen ese aspecto positivo a causas externas. Esto causa que cuando alguien les diga que algo está mal, no sepan enfrentarse a problemas. Son egocéntricos, dependientes y carecen de capacidad de esfuerzo y autocontrol. Suelen incumplir las normas ya que no entienden su sentido, del mismo modo que presentan problemas para las interacciones sociales.

Por último, encontramos el estilo indiferente, donde al niño se le da tan poco como lo que se le exige. No hay normas que cumplir, pero tampoco afecto que compartir. Lo que más destaca es la poca intensidad de los apegos y la indiferencia respecto a las conductas del niño. Los niños suelen ser inseguros, impulsivos, con escasa motivación, rebeldes, con algunas pautas de delincuencia, poco autocontrol y escaso respeto a las normas y a las necesidades de los demás. Socialmente suelen ser solitarios y aislados, no saben relacionarse. Viven con grandes carencias afectivas y, en muchas ocasiones, se sienten rechazados y suelen presentar problemas emocionales.

La conclusión es que, los niños que en sus vínculos familiares tienen unas relaciones positivas y felices, tienen más probabilidades de tener relaciones positivas y felices con sus compañeros y tener un buen rendimiento académico. Además, el comportamiento de los padres hacia sus hijos a nivel de educación y de interés, también influye considerablemente en su nivel académico.

 

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